Cuando era niño, recuerdo muy bien que en Colombia no habíamos perdido la capacidad de asombro y la noticia de un asesinato o una violación, conmovía a la sociedad hasta la raíz. Era el tiempo que lo malo era malo y no teníamos que disfrazarlo para justificar el mal proceder de unos pocos.
Mucho se ha hablado sobre el pecado, el crimen y la conducta antisocial; se comenta sobre narcotráfico, pornografía, trata de blancas y prostitución. Lo que me parece extraño es que para muchos es social y moralmente aceptado lo que ayer llamábamos “malo”.
No faltan personas que condenan a otras por motivos éticos, especialmente a sus contrincantes políticos (caso Chávez, por solo citar un ejemplo). Pero cuando el concepto de lo malo en el sentido moral, tiene verdadera importancia –como guía de nuestra propia conducta o de nuestro bando, en una disputa-, no lo encontramos por ninguna parte.
Correcto y no necesariamente ilegal:
Así evitamos reconocer que algo es ilegal, señalando que estos actos no están prohibidos en el código penal ni en los diez mandamientos ni mandato religioso alguno. Establecemos de esa manera una asociación de ideas dañinas y peligrosas: si algo es legalmente permisible, es moralmente aceptable. Por ejemplo, los diez mandamientos no censuran ni prohíben el consumo de drogas. De esa manera el que quiere consumirla, se ampara en las propias leyes dadas por Dios para escudarse de su falta. ¿O es que en las tablas dadas a Moisés, dicen en algún lado que no hay que consumir drogas? dirán los que les conviene. De esta forma todos los días caemos en actos inmorales o “malos”, sin que la ley tenga potestad para castigarnos o las leyes divinas nos señalen. Seguramente olvidan que la conciencia es la presencia de Dios en nuestro ser y a ella no la podemos engañar.
Correcto y enfermo:
El delito o daños menores definidos y amparados como una enfermedad biológica o mental. Es decir, aquí es donde la enfermedad sirve de excusa perfecta para librarnos y exonerarnos de deberes y derechos sociales. Hace poco me sorprendí cuando un juez dejo en libertad a una señora que había hurtado de una joyería capitalina, un brazalete avaluado en 100.000 dólares, con el argumento que la señora no tuvo intención de hurtarlos, sino que sufre o padece de cleptomanía. Este método es el favorito de algunos políticos nuestros para no ir a la cárcel cuando son culpados y condenados por sus fechorías.
Cuando escucho los argumentos morales que giran alrededor nuestro en estos días, me convenzo cada vez más que nuestro verdadero problema es este: “la vocecita interior” de la conciencia se ha vuelto demasiado tenue, demasiado sigilosa y muy acomodada a lo que nos conviene. Ojo con eso.
Mucho se ha hablado sobre el pecado, el crimen y la conducta antisocial; se comenta sobre narcotráfico, pornografía, trata de blancas y prostitución. Lo que me parece extraño es que para muchos es social y moralmente aceptado lo que ayer llamábamos “malo”.
No faltan personas que condenan a otras por motivos éticos, especialmente a sus contrincantes políticos (caso Chávez, por solo citar un ejemplo). Pero cuando el concepto de lo malo en el sentido moral, tiene verdadera importancia –como guía de nuestra propia conducta o de nuestro bando, en una disputa-, no lo encontramos por ninguna parte.
Correcto y no necesariamente ilegal:
Así evitamos reconocer que algo es ilegal, señalando que estos actos no están prohibidos en el código penal ni en los diez mandamientos ni mandato religioso alguno. Establecemos de esa manera una asociación de ideas dañinas y peligrosas: si algo es legalmente permisible, es moralmente aceptable. Por ejemplo, los diez mandamientos no censuran ni prohíben el consumo de drogas. De esa manera el que quiere consumirla, se ampara en las propias leyes dadas por Dios para escudarse de su falta. ¿O es que en las tablas dadas a Moisés, dicen en algún lado que no hay que consumir drogas? dirán los que les conviene. De esta forma todos los días caemos en actos inmorales o “malos”, sin que la ley tenga potestad para castigarnos o las leyes divinas nos señalen. Seguramente olvidan que la conciencia es la presencia de Dios en nuestro ser y a ella no la podemos engañar.
Correcto y enfermo:
El delito o daños menores definidos y amparados como una enfermedad biológica o mental. Es decir, aquí es donde la enfermedad sirve de excusa perfecta para librarnos y exonerarnos de deberes y derechos sociales. Hace poco me sorprendí cuando un juez dejo en libertad a una señora que había hurtado de una joyería capitalina, un brazalete avaluado en 100.000 dólares, con el argumento que la señora no tuvo intención de hurtarlos, sino que sufre o padece de cleptomanía. Este método es el favorito de algunos políticos nuestros para no ir a la cárcel cuando son culpados y condenados por sus fechorías.
Cuando escucho los argumentos morales que giran alrededor nuestro en estos días, me convenzo cada vez más que nuestro verdadero problema es este: “la vocecita interior” de la conciencia se ha vuelto demasiado tenue, demasiado sigilosa y muy acomodada a lo que nos conviene. Ojo con eso.










