miércoles, 28 de octubre de 2009

Hay muchos caminos para acercarse a Dios


Siendo aun adolescente por allá en 1986, en una tarde soleada de sábado, conducía en la vía Panamericana entre Bogotá y Fusagasuga. En algún momento desvié a la derecha para tomar la vía que conduce a Tibacuy, Cundinarmarca; sitio en donde por años tuvo mi abuela una pequeña finca en la que yo pasaba los fines de de semana en compañía de familiares y amigos. La temperatura era de unos 18 grados, el sol caía mientras que teñía sutilmente todo el paisaje de dorado, los olores de las flores emanaban un sinfín de fragancias que la mejor perfumería hubiera envidiado. En ese momento, de mí surgió un sentimiento de gratitud tal, que lo menos que pude hacer fue detener el viejo Nissan Patrol, apearme y sin asomo de duda ponerme de rodillas en medio de una actitud contemplativa y de gratitud hacía Dios por la forma en que sin ningún tipo de cicatería se había manifestado en toda su plenitud para regalarme ese instante de catarsis y éxtasis. Tal vez no fueron más de 10 minutos, pero ese mágico momento se grabó en mi memoria como uno de los que con más sinceridad y amor de mi parte haya tenido la oportunidad de darle gracias a Dios por esa antesala del paraíso que me obsequió.

Un culto religioso de agradecimiento no necesariamente tiene que limitarse a un templo, una mezquita o una sinagoga, pues constituye una actitud ante la vida y ante la naturaleza. La esencia de la adoración a la Divinidad es el asombro. Desde mucho antes que el ser humano encauzara esa ganas de adorar y agradecer a un ser superior a través de las religiones, ya se maravillaba con su entorno y en algunas ocasiones lo plasmaba en rocas en forma de pinturas.

Inclusive cuando sentimos que Cupido nos ha lanzado una de sus pícaras flechas y en nosotros está ese alguien que no nos sacamos de la cabeza, es un momento apto para agradecer al Señor por la oportunidad de conocer ese maravilloso sentimiento a través de una pareja. No es de extrañar que el cielo descienda hasta nosotros cuando nos consideramos seguros en el corazón de la pareja.

Otra forma en que hallé a Dios fue a través del arte en sus diferentes manifestaciones. Contemplar por horas las grandes obras maestras que legó a la humanidad Botticelli, Rembrandt, Da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti, es una forma de extasiarse en su obra y la forma en que Dios se prodigó en obsequiarles un derroche de talento a estos artistas. No solo a través de la vista he percibido a Dios y sus maravillas. He sentido a Dios a través de Mozart, de mi amada música llanera, de Beethoven y de algunos compositores más. En el mundo de la escultura me engolosiné con Rodin; en la arquitectura con Lloyd Wright y con Le Corbusier; en el cine con Kubrick y con Kurosawa, por solo mencionar unos pocos. Pienso que los grandes artistas de una u otra forma han tratado de inmortalizar sus obras “dándole espíritu” a lo material…y a fe que lo han logrado.

Necesitamos este sentimiento de asombro y gratitud para reavivar en nosotros la reverencia por la vida, y para aprender a amar las maravillas del universo expuestas a nuestro alcance en el mundo de la cotidianidad. Ojo con eso.

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