miércoles, 14 de octubre de 2009

No me gusta "jartar" y no me gustan los borrachos.

Todo los fines de semana, y gracias a mi trabajo, tengo que ir a dos o tres fiestas. En ellas veo todo tipo de personas de diferentes edades, creencias y hasta religiones. Es curioso, pero pese a tanta diferencia, lo que casi siempre los une es su gusto, en algunos casos irredimible, por “jartar”. Si, no dije beber, dije jartar, porque creo que el termino beber es solamente para los que ingerimos líquidos por placer o salud, no para embrutecernos.



Me remonto veinte años atrás y al ver en retrospectiva mi vida, yo mismo me aterro que esté escribiendo lo que estoy escribiendo. Porque tengo que confesarlo, fui un borrachín de aquellos que jartan porque si y porque no, porque gana la selección y también porque pierde, porque hay alguna celebración y porque no la hay. Muchos años hubo en mi vida en que la prioridad era jartar cerveza, whisky, aguardiente y hasta guarapo.


Me avergüenza decirlo, pero detesto los borrachos y sus majaderías. Tal vez por haber pertenecido a ese gremio es que conozco a plenitud su conducta y su modus operandi.


La popularidad del alcohol se debe en primer termino al hecho de quien lo bebe se encanta consigo mismo y por ende está convencido que los demás también sentimos atracción hacia él y su actitud parvularia. Unos cuantos tragos son suficientes para que cualquier baboso se sienta profundo, genial, talentoso y digno de ser escuchado. Con cinco o seis tragos se ha convertido en maravilloso narrador de aventuras, en poseedor de una voz digna de Pavarotti o Placido Domingo, ha descubierto que en la pista de baile es mejor que Michael Jackson y Fred Astaire a la vez. Algo así como un súper hombre que gracias al alcohol pudo sacar a flote todo su potencial oculto.

Bueno, la verdad no quiero parecer un santurrón que odia el alcohol porque es un atentado para las buenas costumbres y la moral. Que va, nada de eso. No tengo nada en contra de la persona que se toma uno o dos traguitos y no más.


Los borrachitos adquieren una visión y un oído similares a los que tenía Lee Majors en su “Hombre Nuclear”. Creo que son capaces de encontrar una victima potencial en el otro extremo de un cuarto oscuro. Si no quiere usted que le jodan su fiesta, ni por el chiras se deje arrinconar de un borracho; lo traspasará con la mirada y no lo dejará escapar hasta que le haya confesado todos sus pecados y le haya dicho mil consejos. Luego, al siguiente día, evitará encontrarse con usted por vergüenza y remordimiento.


Sostener conversación con un borracho es misión imposible. Las palabras más simples del diccionario, adquieren para él un significado misterioso e intrínseco, y las ideas más simples se le hacen tan esquivas que no acierta a comunicarse aunque pase toda la noche intentándolo. Atando cabos adivina uno que el borrachín está enfática aunque incoherentemente a favor de alguna causa. Curiosamente, lo peor que puede uno hacer con un borracho es darle la razón porque se sentirá sin armas ni pretexto para seguir hablando incoherencias ya que puede llegar a recurrir a la agresividad por su desconcierto.


Bueno, pero si como solistas son tediosamente aburridores, en grupo son insufribles. De toda la variedad de alcoholismo masivo, como le digo yo, el “coctel” es la que me provoca urticaria y recelo. Nada puede dar más triste idea del progreso humano que comprobar cómo, tras muchos siglos de esfuerzo la humanidad no ha encontrado mejor forma de divertirse en colectivo que los mal nacidos “cócteles”. Los hay porque si y porque no y cualquier pretexto es válido para juntar decenas de borrachitos de pie a tener conversaciones insustanciales y aburridas…para los que los observamos, porque seguramente entre ellos la pasarán de maravilla. Por lo menos lo digo por la cara de seriedad que ponen y su aparente y reciproco interés en sus conversaciones.


Curiosamente en los “cócteles” y a medida que se van achispando, empiezan a subir el tono de su voz hasta lograr convertir el recinto en donde se encuentran en un infierno.


Tampoco puedo omitir mencionar el borracho que se manifiesta con grosería y ordinariez. Este escuda su chabacanería en su supuesta “franqueza” y en ella se disculpa para lanzar improperios mezclados con una lluvia de saliva cada vez que emite una palabra.


Definitivamente no me gustan lo borrachos, pero eso que importa, si finalmente el borracho se gusta por él y por mí y eso es lo que cuenta.


Ojo con eso.

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