lunes, 12 de noviembre de 2012

Homenaje a Radio Sutatenza, orgullo colombiano



Radio Sutatenza fue en su momento el más ambicioso y exitoso proyecto de educación masiva en el mundo. A partir de tres viejos receptores de radio y de un trasmisor de cien watios de potencia, el sacerdote José Joaquín Salcedo tuvo la genial idea de diseñar un plan de educación empleando las ondas hertzianas como medio de propagación.  Desde la primera trasmisión en el año de 1947, el proyecto comenzó a crecer como una bola de nieve en una avalancha.  A los esfuerzos del sacerdote Salcedo, se unió Monseñor Crisanto Luque, obispo de Tunja y mecenas incondicional de la naciente obra.  Aparte de esto, el gobierno contribuyó de manera decisiva al financiar a muy bajo costo los aparatos de radio y la adquisición de un potente transmisor de 300 kilowatios, convirtiendo a Radio Sutatenza en la emisora más potente de Colombia y una de las tres primeras en el mundo.

En 1947, Colombia tenía una población de 11 millones de habitantes, de los cuales la mitad no sabía leer ni escribir.  Radio Sutatenza se convirtió en el vehículo perfecto para que durante cuatro décadas, los colombianos que les era imposible asistir ir a una escuela, pudieran tener acceso al mundo de las letras y los números, sin importar que se hallaran en los rincones más recónditos de nuestra geografía.

Fue tan relevante Radio Sutatenza, que de las Naciones Unidas se enviaron varias comisiones para que  el sistema fuera observado con lupa para posteriormente ser implementando en otras latitudes. Todo esto no quiere decir que Radio Sutatenza no haya tenido acérrimos enemigos, como el caso del señor Camilo Torres, exsacerdote  católico, delincuente y guerrillero izquierdista que no tuvo reparo en declararse su enemigo por considerarla “demagógica y perjudicial para el campesino”

En sus mejores días, Radio Sutatenza tuvo más poder que el que haya tenido partido político alguno en Colombia.  Fue tanta la influencia de la emisora, que de cierta manera desafió a la hegemonía establecida por los dos partidos tradicionales, razón por la cual comenzó a ser vista con recelo por parte del gobierno y poco a poco relegada a una institución más de aquellas que carecen de apoyo y son condenadas a vivir bajo la desidia y el olvido estatal.  Si a lo anterior le sumamos el advenimiento de la masificación de la televisión y una migración constante de campesinos hacía los núcleos urbanos, la emisora perdió su importancia y poco a poco fue decayendo hasta desaparecer y sus restos adquiridos por Colmundo Radio

El padre Salcedo falleció tiempo después y con él se echó tierra a cualquier posibilidad de redimir su más grande obra. 

Que estas líneas sean mi más sentido agradecimiento y público reconocimiento a la labor de un colombiano que la emprendió contra los molinos de la ignorancia, y al igual que El Quijote, batalló desde su Rocinante convertido en trasmisor de radio.

Mientras que en el mundo haya educación, habrá esperanza de un mundo mejor.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Algunos pretenden reemplazar a Dios...



 Por estos días con el candente tema del aborto, algunos tratan de justificar lo injustificable y tratan de prescindir a toda costa de los mandamientos divinos y dar rienda suelta a sus instintos criminales. Sí, porque ensañarse contra una criatura indefensa no tiene otro calificativo que encaje mejor: criminal.

Dicen no creer en religiones, pero si en Dios. ¿Acaso es que Dios ha hecho ciertas excepciones a sus mandatos en cualesquiera de las religiones? No sé si esta historia empieza a través de la masificación de la Biblia, luego de que Gutemberg nos regalara su imprenta o tal vez con el advenimiento de la revolución sexual y cultural de los 60 del siglo pasado. Los mamertos y “grandes pensadores modernos”, han querido relegar a la Biblia a un libro pintoresco y han pretendido darle fuerza al creacionismo y la evolución sin necesidad de la intervención divina. Digamos que gracias a los “grandes pensadores”, se ha dado cabida a la teoría de la creación de la vida por accidente y casualidad.

El pecado se ha convertido en una cuestión relativa y con cierto enfoque más filosófico que religioso. Después de haber adorado a dioses durante milenios, el hombre ha comenzado a juzgar como supersticiosas dichas creencias; algo así como el hijo que crece y resuelve que ni necesita ni depende de su padre; de ese padre que premiaba o castigaba según sus actos. Es decir, el hombre dejó de creer en castigos divinos, para reemplazarlos por un sentimiento de culpabilidad y no más.

La diferencia entre vivir así y tratar de ser recto porque Dios lo manda, es muy grande. El hombre ya podía hacer todo lo que quisiera, con tal de no quebrantar las leyes de su país y de su propio juicio moral. Pero había aprendido este juicio, en parte de sus padres y en parte de instituciones que en la mayoría de los casos, han sido orientadas por instituciones religiosas. Curiosamente, pese a que “los grandes pensadores” han negado el fundamento de sus antepasados, continúan obrando según los dictados de esa moral. Observan Los Mandamientos, sin detenerse a pensar que hayan sido mandados; hablan de lo justo y de lo injusto, pero siempre a la sombra de los mandatos divinos. ¿Cómo se las arreglan para convivir con tan contradictoria postura?

Así como algunos pueblos primitivos aceptaron el cristianismo proyectando sus antiguos dioses a una nueva religión, de la misma manera muchos hombres modernos han traspuesto su ética heredada, adoptándola a otra estructura enmarcada por las necesidades que impone la sociedad. Lo que otrora era considerara una ofensa a Dios, pasó a ser un acto antisocial y hasta justificable.

Si el acto de privar de la vida a un hombre, no se puede condenar lógicamente, a no ser como la ley lo condena, ¿qué decir de otros delitos menores como son el fraude, la violación y el aborto? Según nuestra nueva moral si la ley no condena un acto, por muy ofensivo que sea, ¿puede ser condenable lógica o moralmente? Y las leyes del hombre varían. En efecto, ¿no han proscrito ya algunos países sus leyes contra los delitos que mencioné anteriormente porque han cambiado los gustos y las actitudes de la gente? Es decir, leyes morales acomodadas en relación a las necesidades que enmarcan a esa nueva sociedad.

En escala familiar, por decirlo de algún modo, evoco en este punto al padre irreligioso, o el que se contenta con contemplar y juzgar los innegables desatinos que en algún momento se han dado en el seno de las diversas religiones como en cualquier institución regida por humanos. Ese padre que reconoce el vació total del escepticismo, muy difícilmente podrá erigir su propia vida como modelo, pues su postura es de un equilibrio precario ya que está con un pie en el materialismo y el otro en una moral anticuada; más coloquialmente dicho, ni chicha ni limoná. Un padre así, ¿cómo podrá pedir a su hijo que obre con rectitud, si no sabe explicar por qué o en base a qué es justo determinado acto? ¿En qué se va a apoyar para decirle que no debe usar drogas? Es más, desde el punto de vista de la sociedad moderna, ¿cómo convencerlo para evitar el suicidio?

Si usted amable lector, es amigo de transigir y vive en la ambigua situación de quien ha abandonado su fe pero sigue obrando como si aun la tuviera (para tener un punto de apoyo en la vida) no sabrá responder al ¿por qué no? Terminará usted ajustando su vida a ciertos parámetros morales sin poder explicar el porqué de su proceder. Con seguridad será usted un joven o padre de un joven que en su fuero interno buscará con desespero un apoyo moral, una verdad absoluta, una respuesta con bases irrefutables

Supongo que para la gente vana y materialista, la complejidad asombrosa del cerebro humano no tiene más utilidad que la función de preservar la especie y dar rienda suelta al facilismo que se asocia a las necesidades corporales básicas.

Invito a mamertos, irreligiosos, ateos y demás especimenes similares, que si han de reemplazar a Dios, lo hagan por ideales aun más grandes, y no por un dios interno y a conveniencia propia.

Ojo con eso

viernes, 17 de febrero de 2012

Algunas fotos tomadas por mí




Espero que les gusten estos tres collages de fotografías tomadas por mí

domingo, 29 de enero de 2012

A comer comida china


Ya hace más de 25 años que probé por primera vez la comida china y aun hoy en día sigo siendo su más devoto admirador. Mi humilde iniciación en el mundo de la gastronomía china se dio casi por curiosidad al pasar por un restaurante chino, que a propósito, aun sigue funcionando.



Para mí, es tal vez la cocina más venerable y exquisita que haya en el mundo. Tampoco creo que sea el único que encuentra en la comida china un placer de dioses sibaritas y prueba de ello es que bien sé que hay más restaurantes chinos en el mundo que de cualquier otra nacionalidad. Restaurantes chinos hay en lugares tan disímiles como Islas Maldivas, Portugal, Vietnam, Argentina, Ecuador o Ucrania. De hecho, el número de personas que comen comida china, es mayor al de cualquier otro aficionado a otra comida en el mundo, y no sólo por el hecho de que uno de cada cinco habitantes del planeta sea chino.

La cocina de los chinos es muy variada, sutil y compleja, pues por algo sus orígenes se remontan más allá de cuatro mil años atrás. Si existe alguna cocina bien balanceada es la cocina china. En ella existe en su justa medida carbohidratos, proteínas y abundantes vegetales.

Generalmente acompañada con arroz, la comida china es todo un festín gastronómico que va desde la zarpa de oso manchuriano, a 500 dólares la porción, hasta un delicioso arroz que no vale más de 10 dólares. A lo largo de los años, los cocineros chinos han preparado platos exóticos, como la trompa de elefante, puercoespines, anguilas, mariscos y en general todo lo que vuele, nade o repte.

Los chinos asignan a la comida un valor casi místico en parte porque los inmensos territorios de su país, desde que se tenga uso de razón, han sido severamente azotados por inundaciones, terremotos, guerras y hambrunas colectivas, todo en medio de una aguda pobreza. Casi todos los platos chinos se sirven en porciones muy pequeñas que se toman con palillos desde un plato o un tazón en el centro de la mesa, y cada comensal toma únicamente lo que va a consumir para de esa manera evitar el desperdicio. Condicionados por una frugalidad hija de la necesidad, los chinos respetan más que cualquier otra cultura lo que comen.

A lo largo de los siglos, y dependiendo las circunstancias, desde el más importante miembro de la corte imperial a un humilde culi, han sido expertos en experimentar y arreglárselas con lo que haya en la cocina. Desde hace cuatro siglos antes de Jesucristo, los chinos ya habían definido los principales sabores de su cocina: amargo, salado, agrio, picante y dulce, así como el uso generalizado del uso de la salsa de soya y el vinagre. En épocas de las dinastías chinas, se acostumbraba preparar en los palacios imperiales, banquetes con más de 100 platos diferentes, que abarcaban sabores tan diferentes como el que puede brindar la joroba de camello, cola de venado y hasta jaguares en varias presentaciones. De hecho, creo que ni en el máximo esplendor de la Roma Imperial, haya visto el mundo banquetes tan diversos y esplendidos como los que organizaban los emperadores chinos. Aun hoy en 2012, cuando se supone que la austeridad comunista rige todos los rincones de la Nación, se agasajan a diario misiones diplomáticas en la Gran Sala del Pueblo en Pekín.

En la actualidad la comida china se rige por cuatro corrientes culinarias diferentes pero integradas. En primer lugar está la cocina del norte que lidera Pekín. Por lo frío del clima, es la única comida china que s pobre en arroz y rica en trigo y sus derivados. Se hace hincapié en el ajo, la pasta de frijoles y la salsa de soya más concentrada, por tanto más oscura. El más reconocido plato de su comida es el famoso Pato Pekín, seguido del delicioso pescado agridulce.

En seguida está la cocina del río Yang-tse, que divide a China en dos. Es liderada por Shangai y en sus platos abundan los mariscos cocidos a fuego lento y guisados con salsa de soya. Cerca al Tibet, está la comida Sechuán, la favorita de Jairito, muy condimentada, aromática y tan picante como la comida mexicana. Por último, viene la comida cantonesa, que es la que más ha trascendido fronteras y la que casi siempre comemos en nuestros países occidentales. En ella el arroz frito es base de la mayoría de platos al igual que nombres conocidos como el egg roll y el famoso Chow fan.

A diferencia de la cocina francesa y de algunas otras cocinas europeas, los sabores no se disfrazan con salsas, sino que se acentúan. Trátese de aves, pescado u hortalizas, el sabor deber permanecer natural e inalterado.

A manera de dato curioso, les cuento que el más simbólico, consumido y representativo plato de la comida china como es el Chop suey, no tuvo su origen en China, sino en California, por allá a comienzos del siglo pasado, bajo inspiración de un chef chino que había sido llevado para cocinar a los trabajadores de una mina de oro en plena época de la fiebre por este metal. Una mañana en que el chef no tenía nada diferente a desperdicios y sobras de la noche anterior, conformados por arroz, pedazos de jamón y camarones, decidió mezclar, picar cebolla, y al mejor estilo del calentao colombiano, servir bien caliente y acompañado con café. El extraño y original plato gustó mucho a los mineros y su uso se extendió rápidamente a través de todo el mundo. Por algo la palabra Chop suey traduce literalmente “trozos mezclados”.


Así que a comer comida china, que entra otras virtudes, es excepcionalmente barata y nutritiva. Ojo con eso.

viernes, 27 de enero de 2012

Este es el comercial de mi empresa. Espero que les guste

La fotografía y la naturaleza no me mienten; las personas si


Hago fotografía de paisajes porque sencillamente me gusta hacerlo; porque me agradan los parajes en donde existen árboles y la naturaleza se palpe con todo su ímpetu. No me gustan los centros comerciales, donde miles de personas se apiñan y se disputan un lugar de privilegio por ver no sé que cosa. Curiosamente la mayoría de gente también detesta las multitudes, y los centros comerciales, y sin embargo, parecieran ir hacía esos sitios como un apacible rebaño sin voluntad propia.

En un mundo en que la gente hace cosas que no le gusta, pero aparentan sentirse bien con ellas, la fotografía paisajística resulta para mí como una manera de identificarme y en cierto modo de mostrarme inconforme con la vida artificial.

La naturaleza no me engaña, no me traiciona ni tampoco me miente. No se deja impresionar ante el poder ni tampoco se intimida ante el hombre. De hecho, es tan imponente, que me anonada. Disfrutemos de ella porque creo que somos de las últimas generaciones privilegiadas que podemos extasiarnos en sus maravillas.

Tengo la impresión que este viaje que recorre esta generación, es uno de los últimos que hace el hombre, y yo no quiero desperdiciar el viaje en centros comerciales. En las montañas no hay teléfonos, ni televisores, ni la música estridente que suelen escuchar los muchachos de hoy. En los bosques puedo hallar la soledad sin estar solitario; y por último, no porque considere la fotografía paisajística como algo muy importante, sino porque sospecho que gran parte de las otras preocupaciones del hombre son igualmente insignificantes…pero jamás tan divertidas como mi amada fotografía. Ojo con eso.


sábado, 21 de enero de 2012

La magia de las cosas simples y cotidianas

Existe una creciente tendencia a descartar las cosas comunes y sencillas de la vida y suplirlas por nuevas tendencias, tal vez inalcanzables en muchos casos. Son las cosas comunes y corrientes las que nos rodean casi todo el tiempo y las que acompañan nuestro diario vivir. ¿Por qué no intentar buscar alegría y gozo en ellas?

A través de los siglos, muchos filósofos y pensadores de diferentes épocas, exaltaron la virtud de encontrar la alegría de la vida en la cotidianidad. Benjamin Franklin escribió que la felicidad humana depende menos de los grandes dones de la fortuna, tan escasos por cierto, como de las pequeñas mil alegrías que ofrece cada jornada. Sentimientos que colorean nuestras vidas, lazos de familia, amigos, libros, flores, alimentos, el agua, el viento, la salud, la cama, el sueño, la lluvia, las locuras de juventud y los recuerdos en la edad madura…¿No son acaso estas pequeñas grandes cosas de la vida la verdadera esencia de la existencia misma? ¿Es necesario poner nuestra felicidad a que dependa de un auto nuevo, un bonito reloj o de una vivienda que esté más allá de nuestra posibilidad de adquirirla?

El mundo parece vulgar y aburrido sólo cuando se le mira de forma vulgar y aburrida. Aun el objeto más pequeño y simple contiene algo inesperado si se le observa detalladamente. Interpretar y sublimar lo corriente debe ser nuestra prioridad.

Casi todos conocemos alguna persona que tiene el don de volver interesantes hasta las primeras palabras de la conversación, aunque se refieran a temas tan aparentemente triviales como la lluvia o un día soleado. Otros tienen la virtud de escribir pequeños mensajes con el corazón plasmado en ellos. Algunos más tienen el agrado de ofrecernos un simple dulce o una baratija que guardamos entre los más preciados tesoros del baúl de los recuerdos.

Parece observación trivial, por lo mismo que es tan importante decir que los pensamientos profundos son sólo el resultado del continuo pensar, que halla su inspiración en la cotidianidad. ¿Acaso muchos de los grandes decubrimientos de la humanidad no han sido frutos de experimentos sencillos? Newton formuló la ley de la gravedad a partir de un suceso tan cotidiano y simple como la caída de una manzana madura de un árbol; Fleming descubrió la penicilina cuando dejó una placa de un cultivo con la bacteria del estafilococo en la mesa de su laboratorio y se fue durante dos semanas de vacaciones. Charles Goodyear, padre de la industria de las llantas, descubrió el vulcanizado cuando se le cayó una mezcla de la sustancia con azufre sobre una caldera, y mi amado conde Sándwich, inventó el alimento favorito de quien escribe esta nota, luego de agarrar un pan, abrirlo en dos pedazos y poner dentro de él un jugoso pedazo de carne, todo porque el tiempo no le permitía interrumpir un juego de naipe y prepararse sus alimentos de forma tradicional en la cocina.

Si queremos vivir mejor, echemos mano de los recursos que nos brinda nuestro entorno, porque como dijo Félix María Samaniego en su inmortal poema La Lechera, “no anheles impaciente el bien futuro; mira que ni el presente está seguro”

Ojo con eso pues.