sábado, 21 de enero de 2012

La magia de las cosas simples y cotidianas

Existe una creciente tendencia a descartar las cosas comunes y sencillas de la vida y suplirlas por nuevas tendencias, tal vez inalcanzables en muchos casos. Son las cosas comunes y corrientes las que nos rodean casi todo el tiempo y las que acompañan nuestro diario vivir. ¿Por qué no intentar buscar alegría y gozo en ellas?

A través de los siglos, muchos filósofos y pensadores de diferentes épocas, exaltaron la virtud de encontrar la alegría de la vida en la cotidianidad. Benjamin Franklin escribió que la felicidad humana depende menos de los grandes dones de la fortuna, tan escasos por cierto, como de las pequeñas mil alegrías que ofrece cada jornada. Sentimientos que colorean nuestras vidas, lazos de familia, amigos, libros, flores, alimentos, el agua, el viento, la salud, la cama, el sueño, la lluvia, las locuras de juventud y los recuerdos en la edad madura…¿No son acaso estas pequeñas grandes cosas de la vida la verdadera esencia de la existencia misma? ¿Es necesario poner nuestra felicidad a que dependa de un auto nuevo, un bonito reloj o de una vivienda que esté más allá de nuestra posibilidad de adquirirla?

El mundo parece vulgar y aburrido sólo cuando se le mira de forma vulgar y aburrida. Aun el objeto más pequeño y simple contiene algo inesperado si se le observa detalladamente. Interpretar y sublimar lo corriente debe ser nuestra prioridad.

Casi todos conocemos alguna persona que tiene el don de volver interesantes hasta las primeras palabras de la conversación, aunque se refieran a temas tan aparentemente triviales como la lluvia o un día soleado. Otros tienen la virtud de escribir pequeños mensajes con el corazón plasmado en ellos. Algunos más tienen el agrado de ofrecernos un simple dulce o una baratija que guardamos entre los más preciados tesoros del baúl de los recuerdos.

Parece observación trivial, por lo mismo que es tan importante decir que los pensamientos profundos son sólo el resultado del continuo pensar, que halla su inspiración en la cotidianidad. ¿Acaso muchos de los grandes decubrimientos de la humanidad no han sido frutos de experimentos sencillos? Newton formuló la ley de la gravedad a partir de un suceso tan cotidiano y simple como la caída de una manzana madura de un árbol; Fleming descubrió la penicilina cuando dejó una placa de un cultivo con la bacteria del estafilococo en la mesa de su laboratorio y se fue durante dos semanas de vacaciones. Charles Goodyear, padre de la industria de las llantas, descubrió el vulcanizado cuando se le cayó una mezcla de la sustancia con azufre sobre una caldera, y mi amado conde Sándwich, inventó el alimento favorito de quien escribe esta nota, luego de agarrar un pan, abrirlo en dos pedazos y poner dentro de él un jugoso pedazo de carne, todo porque el tiempo no le permitía interrumpir un juego de naipe y prepararse sus alimentos de forma tradicional en la cocina.

Si queremos vivir mejor, echemos mano de los recursos que nos brinda nuestro entorno, porque como dijo Félix María Samaniego en su inmortal poema La Lechera, “no anheles impaciente el bien futuro; mira que ni el presente está seguro”

Ojo con eso pues.

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