El vetusto y poco eficaz sistema
educativo de Colombia, ha desilusionado a una sociedad, que pone en la educación
de las nuevas generaciones toda su esperanza. No es necesario hacer profundos estudios para
corroborar lo que muchos organismos internacionales han afirmado en los últimos
tiempos: adolecemos de una competencia intelectual y una carencia de valores
morales, que se ha a acentuado con el advenimiento de la Internet, el medio de
comunicación más rápido, eficaz de la historia.
La tercera parte de nuestros matrimonios acaban en divorcio en un lapso
no mayor a diez años; los hogares colombianos se muestran renuentes a mantener
a la familia como núcleo y corazón de la sociedad, y mas bien pareciera que el
hogar fuera únicamente una simple estación
de abastecimiento y proveedor de bienes materiales básicos. Nuestra juventud es indisciplinada y cada vez
más proclive al delito con el aval de una tolerancia mal interpretada.
¿Cuál es la razón para que
hayamos llegado hasta estado de miopía? Naturalmente,
la razón y la culpa radican en nosotros como sociedad. Pero el proceso de nuestra corrupción y
degradación puede entenderse mejor si analizamos con detenimiento nuestro
sistema escolar en todos los niveles. Durante los pasados tres siglos, las escuelas
estatales colombianas tenían ciertas prioridades fundamentales: enseñar el
significado de la libertad y las responsabilidades inherentes a ella; enseñar a los ciudadanos su propia lengua a
plenitud, para que de esa forma pudieran pensar con exactitud y de esa manera tuvieran
la capacidad de comunicarse inteligentemente; proporcionar conocimiento básico
de las verdades científicas e infiltrar en los educandos esa disciplina juvenil
que constituyen los cimientos y las bases indispensables en la edad adulta.
El conocimiento y la sabiduría,
eran los dones más preciados y valiosos de los que podía hacer gala un
ciudadano. Los maestros de escuela se
contaban entre los miembros más importantes de la sociedad; los libros eran un
tesoro codiciado; la gente instruida de entonces conocía la ciencia, la política,
la tecnología y los acontecimientos de su época así como un adolescente de hoy
en día conoce los juegos electrónicos.
El primer fracaso de nuestras escuelas
y colegios, es la frecuente desatención a la enseñanza de la gramática. Un bachiller colombiano de nuestros días es
tan burdo y torpe en el manejo de las palabras, los tiempos y las formas retóricas,
que carece del equipo mental necesario para el pensamiento lógico y su expresión
racional correcta. Tiene el cerebro tullido
porque la academia no lo ha provisto de medios para pensar, aunque si de
memorizar y repetir como si de un loro se tratara
En mi opinión, la instrucción académica
está en la obligación de guiar a los niños hacía la madurez, transformándolos
en personas con capacidad analítica, capaces de expresarse en forma correcta,
autodisciplinados, bien informados, y por sobretodo, guardianes celosos de los
valores tradicionales como la familia, la patria, el hogar, y Dios, claro está.
El hombre educado es maduro y
sensato, dos cualidades fundamentadas en la comprensión de principios
generales, y no en las novedades electrónicas o mecánicas. El hombre instruido procura aumentar su tesoro
de verdades y su acervo de conocimientos durante su vida entera. Su amor a la humanidad no es sentimental sino
sincero y palpable en obras. La libertad
es su principio fundamental y sirviéndola a ella se sirve a sí mismo.,
Ha llegado la hora de que
emprendamos una cruzada tendiente a liberar nuestras escuelas y colegios de
libertades mal entendidas; ha llegado la hora de hablar de derechos, pero también
hablar de deberes y obligaciones; ha llegado la hora de devolver al maestro su
antiguo sitial de privilegio dentro de la sociedad; ha llegado la hora de
retomar nuestra razón de ser como sociedad. ¡Ojo con eso!

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