domingo, 29 de enero de 2012

A comer comida china


Ya hace más de 25 años que probé por primera vez la comida china y aun hoy en día sigo siendo su más devoto admirador. Mi humilde iniciación en el mundo de la gastronomía china se dio casi por curiosidad al pasar por un restaurante chino, que a propósito, aun sigue funcionando.



Para mí, es tal vez la cocina más venerable y exquisita que haya en el mundo. Tampoco creo que sea el único que encuentra en la comida china un placer de dioses sibaritas y prueba de ello es que bien sé que hay más restaurantes chinos en el mundo que de cualquier otra nacionalidad. Restaurantes chinos hay en lugares tan disímiles como Islas Maldivas, Portugal, Vietnam, Argentina, Ecuador o Ucrania. De hecho, el número de personas que comen comida china, es mayor al de cualquier otro aficionado a otra comida en el mundo, y no sólo por el hecho de que uno de cada cinco habitantes del planeta sea chino.

La cocina de los chinos es muy variada, sutil y compleja, pues por algo sus orígenes se remontan más allá de cuatro mil años atrás. Si existe alguna cocina bien balanceada es la cocina china. En ella existe en su justa medida carbohidratos, proteínas y abundantes vegetales.

Generalmente acompañada con arroz, la comida china es todo un festín gastronómico que va desde la zarpa de oso manchuriano, a 500 dólares la porción, hasta un delicioso arroz que no vale más de 10 dólares. A lo largo de los años, los cocineros chinos han preparado platos exóticos, como la trompa de elefante, puercoespines, anguilas, mariscos y en general todo lo que vuele, nade o repte.

Los chinos asignan a la comida un valor casi místico en parte porque los inmensos territorios de su país, desde que se tenga uso de razón, han sido severamente azotados por inundaciones, terremotos, guerras y hambrunas colectivas, todo en medio de una aguda pobreza. Casi todos los platos chinos se sirven en porciones muy pequeñas que se toman con palillos desde un plato o un tazón en el centro de la mesa, y cada comensal toma únicamente lo que va a consumir para de esa manera evitar el desperdicio. Condicionados por una frugalidad hija de la necesidad, los chinos respetan más que cualquier otra cultura lo que comen.

A lo largo de los siglos, y dependiendo las circunstancias, desde el más importante miembro de la corte imperial a un humilde culi, han sido expertos en experimentar y arreglárselas con lo que haya en la cocina. Desde hace cuatro siglos antes de Jesucristo, los chinos ya habían definido los principales sabores de su cocina: amargo, salado, agrio, picante y dulce, así como el uso generalizado del uso de la salsa de soya y el vinagre. En épocas de las dinastías chinas, se acostumbraba preparar en los palacios imperiales, banquetes con más de 100 platos diferentes, que abarcaban sabores tan diferentes como el que puede brindar la joroba de camello, cola de venado y hasta jaguares en varias presentaciones. De hecho, creo que ni en el máximo esplendor de la Roma Imperial, haya visto el mundo banquetes tan diversos y esplendidos como los que organizaban los emperadores chinos. Aun hoy en 2012, cuando se supone que la austeridad comunista rige todos los rincones de la Nación, se agasajan a diario misiones diplomáticas en la Gran Sala del Pueblo en Pekín.

En la actualidad la comida china se rige por cuatro corrientes culinarias diferentes pero integradas. En primer lugar está la cocina del norte que lidera Pekín. Por lo frío del clima, es la única comida china que s pobre en arroz y rica en trigo y sus derivados. Se hace hincapié en el ajo, la pasta de frijoles y la salsa de soya más concentrada, por tanto más oscura. El más reconocido plato de su comida es el famoso Pato Pekín, seguido del delicioso pescado agridulce.

En seguida está la cocina del río Yang-tse, que divide a China en dos. Es liderada por Shangai y en sus platos abundan los mariscos cocidos a fuego lento y guisados con salsa de soya. Cerca al Tibet, está la comida Sechuán, la favorita de Jairito, muy condimentada, aromática y tan picante como la comida mexicana. Por último, viene la comida cantonesa, que es la que más ha trascendido fronteras y la que casi siempre comemos en nuestros países occidentales. En ella el arroz frito es base de la mayoría de platos al igual que nombres conocidos como el egg roll y el famoso Chow fan.

A diferencia de la cocina francesa y de algunas otras cocinas europeas, los sabores no se disfrazan con salsas, sino que se acentúan. Trátese de aves, pescado u hortalizas, el sabor deber permanecer natural e inalterado.

A manera de dato curioso, les cuento que el más simbólico, consumido y representativo plato de la comida china como es el Chop suey, no tuvo su origen en China, sino en California, por allá a comienzos del siglo pasado, bajo inspiración de un chef chino que había sido llevado para cocinar a los trabajadores de una mina de oro en plena época de la fiebre por este metal. Una mañana en que el chef no tenía nada diferente a desperdicios y sobras de la noche anterior, conformados por arroz, pedazos de jamón y camarones, decidió mezclar, picar cebolla, y al mejor estilo del calentao colombiano, servir bien caliente y acompañado con café. El extraño y original plato gustó mucho a los mineros y su uso se extendió rápidamente a través de todo el mundo. Por algo la palabra Chop suey traduce literalmente “trozos mezclados”.


Así que a comer comida china, que entra otras virtudes, es excepcionalmente barata y nutritiva. Ojo con eso.

viernes, 27 de enero de 2012

Este es el comercial de mi empresa. Espero que les guste

La fotografía y la naturaleza no me mienten; las personas si


Hago fotografía de paisajes porque sencillamente me gusta hacerlo; porque me agradan los parajes en donde existen árboles y la naturaleza se palpe con todo su ímpetu. No me gustan los centros comerciales, donde miles de personas se apiñan y se disputan un lugar de privilegio por ver no sé que cosa. Curiosamente la mayoría de gente también detesta las multitudes, y los centros comerciales, y sin embargo, parecieran ir hacía esos sitios como un apacible rebaño sin voluntad propia.

En un mundo en que la gente hace cosas que no le gusta, pero aparentan sentirse bien con ellas, la fotografía paisajística resulta para mí como una manera de identificarme y en cierto modo de mostrarme inconforme con la vida artificial.

La naturaleza no me engaña, no me traiciona ni tampoco me miente. No se deja impresionar ante el poder ni tampoco se intimida ante el hombre. De hecho, es tan imponente, que me anonada. Disfrutemos de ella porque creo que somos de las últimas generaciones privilegiadas que podemos extasiarnos en sus maravillas.

Tengo la impresión que este viaje que recorre esta generación, es uno de los últimos que hace el hombre, y yo no quiero desperdiciar el viaje en centros comerciales. En las montañas no hay teléfonos, ni televisores, ni la música estridente que suelen escuchar los muchachos de hoy. En los bosques puedo hallar la soledad sin estar solitario; y por último, no porque considere la fotografía paisajística como algo muy importante, sino porque sospecho que gran parte de las otras preocupaciones del hombre son igualmente insignificantes…pero jamás tan divertidas como mi amada fotografía. Ojo con eso.


sábado, 21 de enero de 2012

La magia de las cosas simples y cotidianas

Existe una creciente tendencia a descartar las cosas comunes y sencillas de la vida y suplirlas por nuevas tendencias, tal vez inalcanzables en muchos casos. Son las cosas comunes y corrientes las que nos rodean casi todo el tiempo y las que acompañan nuestro diario vivir. ¿Por qué no intentar buscar alegría y gozo en ellas?

A través de los siglos, muchos filósofos y pensadores de diferentes épocas, exaltaron la virtud de encontrar la alegría de la vida en la cotidianidad. Benjamin Franklin escribió que la felicidad humana depende menos de los grandes dones de la fortuna, tan escasos por cierto, como de las pequeñas mil alegrías que ofrece cada jornada. Sentimientos que colorean nuestras vidas, lazos de familia, amigos, libros, flores, alimentos, el agua, el viento, la salud, la cama, el sueño, la lluvia, las locuras de juventud y los recuerdos en la edad madura…¿No son acaso estas pequeñas grandes cosas de la vida la verdadera esencia de la existencia misma? ¿Es necesario poner nuestra felicidad a que dependa de un auto nuevo, un bonito reloj o de una vivienda que esté más allá de nuestra posibilidad de adquirirla?

El mundo parece vulgar y aburrido sólo cuando se le mira de forma vulgar y aburrida. Aun el objeto más pequeño y simple contiene algo inesperado si se le observa detalladamente. Interpretar y sublimar lo corriente debe ser nuestra prioridad.

Casi todos conocemos alguna persona que tiene el don de volver interesantes hasta las primeras palabras de la conversación, aunque se refieran a temas tan aparentemente triviales como la lluvia o un día soleado. Otros tienen la virtud de escribir pequeños mensajes con el corazón plasmado en ellos. Algunos más tienen el agrado de ofrecernos un simple dulce o una baratija que guardamos entre los más preciados tesoros del baúl de los recuerdos.

Parece observación trivial, por lo mismo que es tan importante decir que los pensamientos profundos son sólo el resultado del continuo pensar, que halla su inspiración en la cotidianidad. ¿Acaso muchos de los grandes decubrimientos de la humanidad no han sido frutos de experimentos sencillos? Newton formuló la ley de la gravedad a partir de un suceso tan cotidiano y simple como la caída de una manzana madura de un árbol; Fleming descubrió la penicilina cuando dejó una placa de un cultivo con la bacteria del estafilococo en la mesa de su laboratorio y se fue durante dos semanas de vacaciones. Charles Goodyear, padre de la industria de las llantas, descubrió el vulcanizado cuando se le cayó una mezcla de la sustancia con azufre sobre una caldera, y mi amado conde Sándwich, inventó el alimento favorito de quien escribe esta nota, luego de agarrar un pan, abrirlo en dos pedazos y poner dentro de él un jugoso pedazo de carne, todo porque el tiempo no le permitía interrumpir un juego de naipe y prepararse sus alimentos de forma tradicional en la cocina.

Si queremos vivir mejor, echemos mano de los recursos que nos brinda nuestro entorno, porque como dijo Félix María Samaniego en su inmortal poema La Lechera, “no anheles impaciente el bien futuro; mira que ni el presente está seguro”

Ojo con eso pues.