jueves, 3 de julio de 2014

Al rescate de nuestra educación



El vetusto y poco eficaz sistema educativo de Colombia, ha desilusionado a una sociedad, que pone en la educación de las nuevas generaciones toda su esperanza.  No es necesario hacer profundos estudios para corroborar lo que muchos organismos internacionales han afirmado en los últimos tiempos: adolecemos de una competencia intelectual y una carencia de valores morales, que se ha a acentuado con el advenimiento de la Internet, el medio de comunicación más rápido, eficaz de la historia.  La tercera parte de nuestros matrimonios acaban en divorcio en un lapso no mayor a diez años; los hogares colombianos se muestran renuentes a mantener a la familia como núcleo y corazón de la sociedad, y mas bien pareciera que el hogar fuera únicamente  una simple estación de abastecimiento y proveedor de bienes materiales básicos.  Nuestra juventud es indisciplinada y cada vez más proclive al delito con el aval de una tolerancia mal interpretada.  

¿Cuál es la razón para que hayamos llegado hasta estado de miopía?  Naturalmente, la razón y la culpa radican en nosotros como sociedad.  Pero el proceso de nuestra corrupción y degradación puede entenderse mejor si analizamos con detenimiento nuestro sistema escolar en todos los niveles.   Durante los pasados tres siglos, las escuelas estatales colombianas tenían ciertas prioridades fundamentales: enseñar el significado de la libertad y las responsabilidades inherentes a ella;  enseñar a los ciudadanos su propia lengua a plenitud, para que de esa forma pudieran pensar con exactitud y de esa manera tuvieran la capacidad de comunicarse inteligentemente; proporcionar conocimiento básico de las verdades científicas e infiltrar en los educandos esa disciplina juvenil que constituyen los cimientos y las bases indispensables en la edad adulta.

El conocimiento y la sabiduría, eran los dones más preciados y valiosos de los que podía hacer gala un ciudadano.  Los maestros de escuela se contaban entre los miembros más importantes de la sociedad; los libros eran un tesoro codiciado; la gente instruida de entonces conocía la ciencia, la política, la tecnología y los acontecimientos de su época así como un adolescente de hoy en día conoce los juegos electrónicos.

El primer fracaso de nuestras escuelas y colegios, es la frecuente desatención a la enseñanza de la gramática.  Un bachiller colombiano de nuestros días es tan burdo y torpe en el manejo de las palabras, los tiempos y las formas retóricas, que carece del equipo mental necesario para el pensamiento lógico y su expresión racional correcta.  Tiene el cerebro tullido porque la academia no lo ha provisto de medios para pensar, aunque si de memorizar y repetir como si de un loro se tratara

En mi opinión, la instrucción académica está en la obligación de guiar a los niños hacía la madurez, transformándolos en personas con capacidad analítica, capaces de expresarse en forma correcta, autodisciplinados, bien informados, y por sobretodo, guardianes celosos de los valores tradicionales como la familia, la patria, el hogar, y Dios, claro está.

El hombre educado es maduro y sensato, dos cualidades fundamentadas en la comprensión de principios generales, y no en las novedades electrónicas o mecánicas.  El hombre instruido procura aumentar su tesoro de verdades y su acervo de conocimientos durante su vida entera.  Su amor a la humanidad no es sentimental sino sincero y palpable en obras.  La libertad es su principio fundamental y sirviéndola a ella se sirve a sí mismo.,

Ha llegado la hora de que emprendamos una cruzada tendiente a liberar nuestras escuelas y colegios de libertades mal entendidas; ha llegado la hora de hablar de derechos, pero también hablar de deberes y obligaciones; ha llegado la hora de devolver al maestro su antiguo sitial de privilegio dentro de la sociedad; ha llegado la hora de retomar nuestra razón de ser como sociedad.  ¡Ojo con eso!